lunes, 26 de octubre de 2009

Bishonen de Yon Fan: los oscuros secretos del deseo









No es muy atrevido argumentar que la obra de Yeung Fan se sustenta bajo los ecos lejanos de Wong Kar Wai. Y decimos lejanos porque sus películas, sobre todo si nos detenemos en su última creación Color blossom, es un ejemplo perfecto para ver cómo la influencia, o la esencia de un director, se convierte en pastiche. Color Blossom vino a ser eso, un ejercicio visual que se basó en una supuesta influencia de la obra de Kar Wai para dar la intención de ser una creación independiente.
No obstante sería injusto no otorgarle un valor experimental a la cinematografía de este director y a las motivaciones que mueven en sus películas. Fan, reconocido fotógrafo hongkonés, dio el paso a la dirección con obras muy personales en donde se regodeaba, mediante un lenguaje manierista, en las patologías de la posmodenidad.
Ese mismo interés por mostrar las relaciones de la nueva sociedad lo encontramos en una de sus primeras películas, Bishonen, donde nos ubica en un marco social a medio camino entre la tradición de los convencionalismos culturales, y el camino hacia la modernidad.
La película, invitada al Film Festival de Berlín en el año 1995 y al Festival Internacional de Toronto, nos habla abiertamente sobre la homosexualidad, temática cuanto menos espinosa en la sociedad hongkonesa. Siguiendo la estela que comenzó Wong Kar Wai con Happy Together, Bishonen nos muestra las relaciones frustradas de unos personajes que no dejan sacar a la luz su verdaderas pasiones. Homosexualidad, estética posmoderna, una nueva sociedad que nos trae nuevas relaciones ¿no estamos, de nuevo, antes esos ecos lejanos que tan profunda huella ha dejado Kar Wai?


El término “bishonen” puede traducirse como “niño hermoso” de fisonomía delgada, no muy musculoso, barbilla afilada, pelo estilizado y con apariencia andrógina. El manga se apropió de esta tipología, que a su vez, tiene su origen en el teatro kabiki japonés con la representación de los amantes jóvenes homosexuales interpretados por roles femeninos.
Jet (interpretado por Stephen Fung), un chapero que pasea por las calles de Hong Kong, es uno de estos bishonen que hacen de su sexualidad un negocio y se sienten despreocupados por la ausencia de sentimientos. En torno a él comenzará a hilvanarse un conjunto de relaciones, de miradas, de palabras no dichas... entre varios personajes que compondrán un particular mecano de relaciones en la nueva sociedad hongkonesa.

Jet conocerá a Sam (Daniel Wu en uno de sus primeros papeles), y despertará en él un sentimiento que hasta ahora tenía escondido. Sam es un joven policía que guarda sus pasiones más ocultas como si de una caja fuerte se tratase. Sam no hablará a Jet de su homosexualidad pero el espectador, a través de flash back, irá conociendo la auténtica sexualidad del policía.
Lo que nos propone Fan es un intento por mostrar el estilo de vida gay en la sociedad hongkonesa, pero como buen fotógrafo enmarca muy bien el espacio y se olvida de profundizar en los personajes. Los amantes carecen de palabras, las situaciones se resuelven con una voz en off ( Brigitte Lin) que nos desmenuza todo aquello que la acción suprime. Quizá por ello el espectador mantenga esa barrera que impone la narradora y vea las relaciones como un ir y venir de pasiones secretas que nunca terminan de explotar.
La intención experimental de Bishonen se basa más en la puesta en escena y en el lenguaje posmoderno que en el análisis de las relaciones humanas.
Los personajes se esbozan con pocas pinceladas: Jet se entrega al trabajo como un auténtico profesional pero su coraza se rompe cuando se enamora de Sam, y Sam convive con sus propios secretos hasta el punto de convertirse en una soga que le terminará ahogando. Mientras que Jet experimenta esa vía hacia la modernidad, aunque envidia la tradición de Sam, éste se nos muestra amante de las tradiciones y feliz de encontrar su refugio en la familia. Pero mientras que Jet ha encontrado su identidad, Sam no es capaz de reconocerse.
Un binomio que al final se encuentra en la ecuación de la pasión. Ambos personajes al ser rehenes de sus pasiones también lo son de su destino, y en el fondo – como un mal de nuestra sociedad- el fracaso de su relación (en realidad de todas las relaciones que se ven en la película) es el fracaso en la comunicación.
La familia aparece como la tradición de una sociedad que se va transformando, pero en el fondo ¿no es Sam un consumo emocional para sus padres? ¿No proyectan en él la imagen de perfección convencional propia de la tradición?. De nuevo una patología de la sociedad que Fan, consciente o no, refleja en la película.
La idea de Bishonen tuvo su origen en un escándalo acaecido en la sociedad hongkonesa al descubrirse numerosas retratos de desnudos hechos a policías por un fotógrafo profesional. Un hecho que dio pie al director para elaborar su historia. Pero aún a pesar de este referente Yon Fan elige enfrentarse a la difícil red de las relaciones posmodernas fusionadas con la herencia del melodrama chino. Se enfrenta al mismo tiempo con los ecos de un Wong Kar Wai tan lejano, que ni siquiera atisbamos su sombra. Y se enfrenta, en suma, a una narración aséptica aún a pesar de encontrarnos ante algo tan visceral como las pasiones, los sentimientos de culpa y las inseguridades.

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