domingo, 4 de octubre de 2009

The drummer de Kenneth Bi: los latidos del tambor despiertan el alma humana








El binomio compuesto por Kenneth Bi y la familia Chan parece crear estrechos lazos en el panorama cinematográfico hongkonés. Si la anterior película de Bi contó con la producción de Jackie Chan (véase Rice Rhapsody de Kenneth Bi: un argumento aliñado pero sin cocinar. ) en su siguiente proyecto, The Drummer, el protagonismo ha recaído en Jaycee Chan hijo del mítico Jackie Chan.
Traducida en nuestro país como Los latidos de la montaña, Kenneth Bi permanece fiel a su estilo con las mismas ganas de experimentar que en sus anteriores creaciones y con el deseo de mostrar una historia nacida desde la autoría de su guión y la dirección de sus imágenes.
A Bi se le suele relacionar con un cine independiente y experimental que paulatinamente está conquistando su espacio en la excolonia. Tras cursar estudios en Canadá regreso a su Hong Kong natal con un bagaje humanista a sus espaldas. Kenneth Bi estudió cine en la Universidad Brock, en Toronto, pero su formación en el teatro le hizo concebir la creación cinematográfica desde intimistas coordenadas poco habituales en los directores hongkoneses. Para él en interés recae en la liberación de las emociones del ser humano al mismo tiempo que trabaja con las expresiones del rostro para mostrar las distintas actitudes. La concepción de la existencia pasa por la confrontación de dos mundos distintos con la esperanza de que concluyan en un entendimiento. Si en Rice raphsody Bi sazonaba algo tan peculiar como la comida y la homosexualidad, en The drummer empareja algo más tradicional: el campo y la ciudad.


La idea de unir los principios de la filosofía zen con una película de género, en concreto la acción de las tríadas, es cuanto menos novedoso y conlleva un alto grado de experimentación.
La historia se centra en Sid un alocado hijo de un jefe local que se enreda con la mujer de Stephen Ma, un jefe de mayor escalafón que su padre. Ante el castigo impuesto por Ma de cortarle las dos manos, su padre decide mandarlo a Taiwán en espera que los ánimos se aplaquen.
Cuando Sid llega a su escondite, situado en un remanso de paz entre montañas, escuchará el ruido lejano de unos tambores que un variopinto grupo de personas realizan fieles a su concepción zen de la existencia. (En realidad la película se detiene en el hipnótico arte de los tambores zen de la China del grupo U Theatre)

Una famosa cita del budismo zen nos dice “cuando un pájaro canta la montaña hace más profundo su silencio y su quietud”. Algo parecido se puede decir de los latidos de los tambores, desde el instante que Sid los percibe y los escucha, aún sin saberlo, comienza a transitar por un camino iniciático que le llevará a abrir su corazón a los demás – aprenderá a relacionarse con los distintos miembros de la comunidad, aún a pesar de su vida austera; y comenzará a comprender y añorar a su padre- al mismo tiempo que emprenderá la vía para el despertar de su alma.
El camino que recorre lo empezará en las calles de Hong Kong llenas de luces de neón, coches, ruidos estridentes, delincuencia, y grupos de tríadas en los que él ha crecido. La parte de Hong Kong se resuelve con el uso de cámara en mano que enmarca a unos rostros en primerísimos primeros planos con la intención de subrayar el caos y un mundo de acelerados movimientos.
Sid sigue su camino por la senda de la montaña y allí encontrará un remanso que le hace recapacitar y encontrarse a sí mismo. Vuelve a escuchar los latidos de su corazón, aquellos que escuchó por primera vez antes de nacer, por ello los planos pasan a ser secuenciales deleitándose en el paisaje.

A Sid le sugieren un camino: aprender a tocar el tambor sin tocarlo. Uno de los principios del budismo zen recoge esta enseñanza: “el mundo no existe fuera de uno mismo, está dentro de uno mismo".
El muchacho, por tanto, tiene la suerte de encontrar un camino pero su compañero en la fuga, (un magnífico Roy Cheung), segundo dentro de la organización de su padre, conoce a un grupo de personas que le instan a encontrar su objetivo. Y el objetivo para Ah Chiu (Roy Cheung) será la traición debido a su ansia de poder hasta el punto de sacrificar a su jefe. Sid abre su corazón y puede acometer una senda, Ah Chiu sólo quiere una meta sin importarle su transformación, por ello The drummer subraya que el proceso del viaje iniciático está en uno mismo y pocas personas lo consiguen.

La película tiene un ritmo dispar metamorfoseándose en los sonidos del propio tambor, lento y contemplativo cuando los gongs también son parsimoniosos, y rápido y cargado de tensión cuando los palos toman a una velocidad enérgica.
A este respecto las escenas del padre con los hijos adquieren un carga de tensión acentuada por la interpretación de Tony Leung Kar Fai. Moviéndose entre la violencia y el amor hacia sus hijos. Kar Fai crea un papel en dónde de nuevo podemos ver los ecos de la sobreactuación- entendida sin el tono despectivo que normalmente se le suele atribuir a este concepto- o desde ese toque caricaturesco con que dotó a su personaje en la magnífica Election de Johnnie To. Kar Fai lidia con las tensiones de la única manera que conoce la violencia de su mundo traspasada a su universo familiar pero aunque no acepte hace un esfuerzo por entender a sus hijos.

Por último resaltar las escenas del grupo U Theatre que transportan al espectador a ese remanso en las montañas de Taipei. Grupo que se formó en 1988 y que a través de un estricto entrenamiento diario anhelan el significado de la vida, aunque más que la pregunta ¿qué es el hombre?, y tal como nos indica la película la cuestión se transforma en ¿quién soy yo?.

¿Es por tanto The drummer un intento por romper los convencionalismos del género, o el deseo explícito de contar una historia personal? Al igual que los mundos que nos enfrenta (campo-ciudad) todo se compenetra dejando un rastro de difícil definición, pero eso es en esencia Kenneth Bi: un espíritu independiente.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado el comentario de la película. Desafortunadamente, no ha tenido mucho eco en nuestro país y era difícil encontrar un cine donde la echaran, y lo cierto es que merece la pena verla, aunque solo sea para descubrir que Jaycee Chan hace un tipo de cine muy diferente al de su padre aunque se pueda encontrar algún guiño a las divertidas actuaciones de su progenitor. Menos mal que alguien se preocupa de hacer memoria de estas películas tan originales. Fati

Nuria Alvarez Macías dijo...

Hola Fati

Pues sí que nos costó ¿verdad? Pero al final tenemos que dar gracias a los cines en versión original que se "atreven" con este tipo de películas.
¡Anónima Fati! jajaja, muchas gracias por tu entrada

Un beso

Nuria